ves esta página sin formato por que esta hecha cumpliendo el estándar web CSS 2.
tú navegador no soporta este estándar, o tienes dicho soporte desactivado.
si estas en el primer caso, actualízate. merece mucho la pena.

{Karl en el País de los Mentirosos}

{ Nuevas aventuras del Barón de Münchhausen, esta vez en el reino de los magufos. }

Archivos

<Abril 2017
Lu Ma Mi Ju Vi Sa Do
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
             


HAZTE ESCUCHAR

Índice:

Historias archivadas

Más o menos mentiras en:

El peatón del Aire


Blogalia

Blogalia


©2002 Don_Cicuta [escríbame]

Inicio > Historias > Capítulo VIII: Sudando el sudario

Capítulo VIII: Sudando el sudario

La noble estirpe de los Münchhausen hemos escrito la Historia con mayúsculas de Europa desde el mismo momento en que las espadas decidían tanto como ahora la pólvora. Sin ir más lejos mi tío abuelo Ludwig fue el verdadero inventor de la imprenta, que el descastado Gutenberg ganó en una desgraciada timba de poker; los amoríos de mi santa tatarabuela Ingrid provocó el cisma de occidente, por mucho que quisieron luego maquillarlo como asunto religioso. Y el desgraciado consejo de Gunter Von Münchhausen llevó a toda la armada invencible española a pique. Sin embargo, hoy voy a relatar las curiosas peripecias de la rama podada de la familia, el único que ha manchado nuestro nombre y cuya vergüenza debemos guardar en secreto: el Barón Ernst Cornellius Von Münchhausen.

No era más alto que una higuera que empieza a florecer cuando Ernst ya despuntaba dotes de delincuente falsificando los documentos de su padre, inquisidor de la comarca, para que su maestro de laúd fuera a la hoguera por brujería. Y gastó la poca y agria leche que le quedaban en sus muelas en llenar de harina los tubos del órgano de la parroquia, de modo que tras la humareda formada al interpretar un salmo, apareció vestido de ángel promulgando improperios a la feligresía. Así que su padre aprovechó las primeras de cambio para enrolarlo en la primera armada que llegase, y fue durante su periodo en milicias cuando el pueblo gozó de una paz y prosperidad a la que habían ya renunciado.

Siempre hay un armisticio que permita regresar a las tropas a casa, y la noticia de la vuelta de Ernst se conocía trescientos kilómetros antes de llegar, como un mal augurio. Sin embargo, su larga cabellera y su poblada barba ocultaban toda señal de aquel bribonzuelo. Su mala reputación había sido borrada de un plumazo, y tal era su estrenada nobleza que fue invitado por Godofredo de Charny, un caballero francés, a pasar unos días en su villa. Allí se encargaría de la coordinación de la restauración de la iglesia de Lirey, deteriorada por el tiempo. El caballero necesitaba un hombre de confianza que guardara la capilla mientras se hacían las necesarias obras.

Corría el viento en el frío templo, desprovisto de los ventanales que habían sido enviados para su reparación, en una oscurísima noche, cuando la curiosidad y la necesidad de calor llevó a Ernst a hurgar por entre la sacristía. Allí encontró una botella de buen coñac, que empezó en sus labios y terminó entera en su vacío estómago. Pronto hizo efecto el alcohol, y comenzó a ver doble y andar como una oca que fuera a poner un huevo. De un tropiezo tiró una estatuilla de San Lucas, que se hizo añicos; mas al intentar recoger los trozos fue a parar al cubo de betún que cuidadosamente habían apartado y señalizado los mozos, cubriéndose entero del negro elemento.

Beodo y tintado, encontró en la sacristía un viejo lienzo que se usaba para cubrir las imágenes en invierno, cuando las nevadas impiden acercarse a la iglesia, y cubrió con él su cuerpo. Con esta acción pudo eliminar el suficiente tizne como para poder llegar al río y terminar de limpiarse allí. A la vuelta, ya fresco con el chapuzón, limpió todo y se tumbó tranquilo, pues sabía que no aparecería nadie por allí hasta no menos de cinco jornadas. Y así fue, pues a la sexta llegó el caballero Godofredo que, curioseando, encontró la tiznada tela, de la que enseguida creyó ver estampado el rostro del mismísimo Jesucristo, cuando en realidad era la del borrachuzo Ernst.

El asombro del caballero, que ni siquiera dio cuenta de la desaparición de la valiosa estatuilla, fue puente de plata para mi antepasado, que no dudó en echarse las flores del descubrimiento. Es más, se lo donó “gentilmente” al vanidoso caballero, que expuso como la verdadera Sindone ante toda la jerarquía clerical. La falsa reliquia suscitó las envidias y conspiraciones suficientes para que pronto fuera confiscada por los Saboya y llevada a la mismísima catedral de Turín. Ahora es objeto de culto, y los Münchhausen, que prometimos no revelar la verdad para que semejante despropósito no manchara aún más nuestro nombre, nos vemos obligados a fastidiar todo intento de probar que la sábana es falsa. ¿O acaso el lector no haría lo mismo para salvar su honor?

2003-05-08 00:02 | 0 Comentarios | Imprimir


Referencias (TrackBacks)

URL de trackback de esta historia http://munchi.blogalia.com//trackbacks/7784

Comentarios

Nombre
Correo-e
URL
Dirección IP: 54.198.188.116 (f7d471cff5)
Comentario

portada | subir