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Capítulo VI: Cómo acabar con una invasión alienígena

Son los extraterrestres seres inteligentes e imprevisibles. Sus soldados son fríos y obedientes, como la misma guardia del terrible Khan, y sus máquinas de asedio superan con creces la mejor de la armada. Sin embargo, no son invencibles, y a fe mía que una vez derrotamos la mayor ola invasora que jamás hubo recibido el viejo planeta. Este humilde saco de huesos no solo estuvo allí para verlo sino que fui el principal incordio de esas lagartijas con tiña que vienen de a saber qué infernal mundo. Un heroico acto que me valió fortunas que doné al pueblo y guapas mozas que... ¡ejem! Centrémonos en la historia.

Me encontraba en Normandía, invitado por el conde de Pontiere a una de sus mediocres cacerías en misión de enviado del Emperador. Su majestad había confiado en mí para llevar al rey de Inglaterra sus saludos, y esa era la mejor parada antes de embarcar a las hoscas islas. Estaba a punto de cazar un conejo más grande que dos de mis galgos cuando oí el grito de auxilio de una dama en apuros. Mi cerúlea sangre me invitó a abandonar tan preciado trofeo para acudir en su defensa y cambié la dirección hacia un centenal que bordeaba el coto. Al llegar, la campesina, que no dama, miraba horrorizada sus cultivos con el mismo pavor que me daba la verruga que adornaba su prominente nariz.

La bruja podría pasar por bestezuela en una feria de ganado, pero seguía siendo del débil y opuesto género, por lo que mi galantería no podía sucumbir a mis arcadas – y así salir del apuro por perder tan suculento conejo -. Frente a ella se situaba un extraño ser alto y enjuto, de verdosa piel, que al principio tomé como su marido, pues su fealdad estaba acorde la de su pareja. El supuesto señor había sido pillado in fraganti haciendo unos extraños círculos sobre el cereal, y se disponía a usar una especie de arcabuz para enanos cuando mi criado atinó a descerrajarle la tapa de los sesos con un disparo de su mosquetón.

Al anochecer mis anfitriones organizaron un banquete en mi honor a la luz de la luna. Entre copa y copa de buen vino francés – el preciado elemento es una de las pocas razones por las que Dios creó a los gabachos – yo contaba mi última hazaña cuando el doctor Ives, astrónomo aficionado, nos alertó de una extraña constelación cerca del boyero. Mas aquello no eran estrellas sino toda una flota de naves extraterrestres que se disponían a asaltar la tierra en no más de un día de camino. Mientras un emisario partía para avisar a su rey, yo salí presto en globo para pedir consejo a otro monarca: el rey de la Luna.

Mi visita al reino selenita no pudo ser más frustrante, pues pocas esperanzas me dio el regente de victoria. Pero al descender a la Tierra pude ver en toda su magnitud los círculos que el ahora descerebrado alienígena hizo en el centeno y me di cuenta que era una señal de aviso a sus tropas. Mis dotes en criptografía – no he contado todavía que fui yo quien desveló los secretos de la piedra Roseta, conocimientos que tuve que donar al pobre Champollion para que Napoleón no le cortara la cabeza – me ayudaron a descifrar el mensaje, y todo su vocabulario. De repente mi inspiración volvió a brillar y convoqué al gabinete de crisis para llevar a cabo un ingenioso plan.

Los círculos formaban una especie de hoz, que significaba “aterrizar aquí, fácil invasión”, pero con la ayuda de unos troncos le añadí unos círculos más, a modo de guadaña, que decía “Seguid hacia arriba, y posaos sobre la superficie azul”. La desorientada y obediente flota fue a parar al encabritado océano que andaba con el estómago revuelto, y las naves fueron una tras otra fueron engullidas por las olas. Parece ser que estos bárbaros no conocían el agua, ni creo que después de esta experiencia la vayan a adorar quienes quedaron en su planeta, pues bicho que no falleció ahogado murió estrellado contra las rocas de los acantilados del estrecho. Dicen las malas lenguas que un superviviente llegó a costas inglesas y se instaló allí, propagando su horrible cocina por toda la región, pero todos sabemos que son habladurías, puesto que los únicos culpables de sus platos son los propios británicos.

2003-04-28 17:47 | 2 Comentarios | Imprimir


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Comentarios

1
De: Daurmith Fecha: 2003-04-29 00:33

Apreciado Barón, su ausencia me tenía preocupada, y me alivia infinito saber que sigue en forma como siempre. Mi enhorabuena por sus hazañas y saludos al Rey de la Luna, antiguo amigo mío por más señas.



2
De: El Barón Fecha: 2003-04-29 00:47

Debo pedir disculpas, pero mis ocupaciones con la alta alcurnia me han llevado hasta la misma persia en un vano intento de evitar una guerra. Tan agotadora fue mi labor que después me di unas pequeñas vacaciones en una isla mediterránea. Gracias por seguir mis aventuras



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