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Capítulo II: filípicas filipínicas


Dura es la vida de un Barón tan ocupado como yo y, como todo guerrero, necesito de los pequeños placeres que la vida nos brinda como recompensa. Por ello, todos los veranos hago un pequeño receso de tres meses para visitar a mi viejo amigo Mikis Agripides, un pescador griego que tiene una pequeña granja en Kalymnos - una preciosa islita del Dodecaneso. Sin embargo, en mi última visita, Agripides no me recibió con la alegría de las gentes del mediterráneo. Todo lo contrario, me daba la bienvenida con un rostro triste y ajado, demacrado por las noches en vela.

-Oh, Barón, mal momento el de tu llegada. Mis animales están enfermos y no puedo recibirle como merece vuecencia.

Aquella noticia arruinaba mis planes de disfrutar de la buena cocina del lugar. Así que, nada más dejar mi equipaje en mi alcoba, me dispuse a visitar a las bestezuelas con el ánimo de comprobar si el griego decía la verdad o simplemente me estaba racaneando las piezas. Y nada más entrar en la granja me quedé asombrado, pues los pobres animales estaban completos por fuera, pero adolecían de auténticas oquedades en su interior: Un pollo iba sin un ala, a otro le faltaban las asaduras; un gorrino cojeaba con ostensibles marcas de faltarle un jamón, y a otro le caía la piel donde debía estar su rico lomo.

No había visto nada igual. No era peste, ni fiebre, ni lengua azul. No parecía infección de ser microscópico alguno, más bien se asemejaba a la maldición de un brujo. ¿Cómo podrían haber robado los cuartos a un animal sin cicatriz ni anestesia alguna? Eso me recordó una máxima que enseñé una vez a mi amigo y aprendiz de detective Sherlock Holmes, que decía algo así como "cuanto más extraño y disparatado sea el delito, más fácil es encontrar al culpable". Así que tras unas breves indagaciones ya había encontrado al culpable. Sólo me hacía falta tenderle una trampa para pillarlo in fraganti.

Insté a mi desdichado anfitrión a organizar una cena en honor a mi llegada con los tullidos pollos que allí quedaban. Yo mismo me ofrecí a cocinarlos al estilo de Verona, uno de mis múltiples y aclamados platos. En la lista de invitados que también le confeccioné estaban el capellán, el alguacil, el barbero, la señora Paopoulos - ¡qué dama! -, el capitán Roumiere - de paso por estas costas -, y el médico de la isla, que se hacía acompañar de un afamado curandero filipino que se jactaba de hacerle la competencia al matasanos operando a los pacientes con las manos según los dictados de Dios.

Reunida la mesa en agradable tertulia, me dispuse a retirar los entremeses para servir el manjar. En el interludio me dediqué a explicar que el pollo al estilo de Verona se cocina entero, sin quitar cabeza ni pluma alguna, según una vieja receta trasmitida en secreto de padres a hijos desde los tiempos de Vespasiano; y que me fue donada como pago por liberar la ciudad de unos desalmados saqueadores. Este plato ha de comerse para su disfrute con las manos, sin cubierto alguno, por lo que todos los allí reunidos se dispusieron, servilleta sobre papada, a asir el ave con los dedos cuando sucedió algo desconcertante.

Por arte de birlibirloque, el menguado pollo que le había tocado al filipino había recuperado el ala y la pechuga perdidos, despertó de su aparente defunción y saltó como un poseso, cacareando por toda la mesa. Los rostros de los allí congregados se blanquearon, a excepción del curandero, que quedó rojo de vergüenza ante la evidencia. A la par que el alguacil lo esposaba para llevárselo al calabozo, fui dando detalles de toda mi operación de captura. Los pollos no estaban cocinados, sino hipnotizados por mí - otra de mis habilidades que algún día contaré -. Al contacto con las milagrosas extremidades del asiático, el animal había recuperado la salud y vuelto a la actividad.

Al segundo día de pan y agua, el curandero confesó haber entrado en la granja de mi amigo Mikis y haber extraído partes de las bestezuelas con su milagrosa cirugía manual. Si bien su gula le instaba a robar lo más sabroso de sus víctimas, en su descargo pesaba que sólo sisó para satisfacer la gusa; y estaba dispuesto a pagar con sus servicios el perjuicio realizado. Como su desdicha me conmovió y sus habilidades me inquietaron, intercedí por él ante el alguacil, y me lo llevé en una barca a la península, donde los turcos habían desembarcado y desplegado un campamento. A escondidas, el filipino usó sus artes para entrar sin desgarro alguno en la tienda de Intendencia, construida con piel de oveja, y robar los planos de la invasión que tenían planeada sin que nadie se apercibiera de ello... pero eso es otra historia.

2002-10-22 15:56 | 1 Comentarios | Imprimir


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Comentarios

1
De: Daurmith Fecha: 2002-10-24 04:46

Me encantan estas historias, me lo paso pipa, ¡a ver si para la próxima no nos hacéis esperar tanto, Excelencia!



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