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Capítulo I: Homeopatía perforante.


Las mejores cacerías que haya presenciado jamás tienen el toque y la distinción del visir de Siria: Manda traer de todos los rincones del mundo las piezas más codiciadas: zorros de las islas, leones de África, pumas de América Central, y tigres de La India. Y yo tengo el orgullo y placer de contar entre sus más preciados oteadores. Mi agudeza nasal y mis años en galeras me hacen discernir claramente tonos olfativos que van desde el polen de orquídea hasta la boñiga de vaca. Soy capaz de calcular la distancia y ocupación de las bestias en cualquier momento del día, estando situado incluso a sotavento.

Para celebrar los fastos del cincuenta cumpleaños del Califa Omar se propuso un armisticio que los europeos vieron de muy buen grado. Los turcos habían llegado a los márgenes del Danubio, y la tregua serviría para retirar cadáveres, disminuir la disentería entre la tropa, y hacer acopio de víveres y munición. En un acto de magnanimidad, la más alta nobleza europea fue invitada a la gran montería del visir que, no podía ser de otra forma, iba a deslumbrarnos con nuevas desafiantes piezas: Un mamut de Siberia, uros de la meseta central europea, y dos dragones de la misma china. Al toque del clarín, la batida comenzó la búsqueda con un servidor al frente.

Sabedor yo que todos estarían atentos a mis movimientos, partí como una bala en dirección a un extenso prado donde es imposible hallar bestezuela alguna, y cuando tenía a todos jadeantes tras mi estela, di orden a mi lituano a galopar como sólo él sabe hacerlo para, en un astuto quiebro, despistar a toda la caballería. Fui a parar a un negro bosque que daba a salir a una escarpada meseta donde, seguro, estaba uno de los dragones, pues mi pituitaria olía a pez y hollín. Tan cerca estaba que me escondí tras unos matorrales y, con mi mechero, quemé un poco de petróleo para atraer a la bestia, del mismo modo que el pachulí embriaga a los humanos.

Pero cómo quiere que el envidioso duque de Czestochowa, cuya astucia tuve a mal subestimar, había conseguido seguir a duras penas mi rastro. Y como vio salir humo de donde me encontraba, y nunca ha sido capaz de distinguir siquiera la mojama de la miel - o bien lo hizo a conciencia -, me lanzó una perdigonada que por poco acaba con mi vida. Una miríada de agujeros surtieron de mi azulada sangre a las hormiguitas, margaritas y rocas que abajo se encontraban. Suerte que con el petate de lino que siempre llevo conmigo pude taponar momentáneamente las heridas y así evitar el derrame de tan preciado y noble caldo.

Debióse escuchar harto lejos mis gritos, pues enseguida se presentó mi amigo el visir con toda su intendencia. Y debióse verme grave la herida que hizo llamar al correo para avisar al médico de palacio. Mas no hubo necesidad, pues con él cabalgaba el doctor Hahnemman, un afamado médico de la alta sajonia muy bien visto en palacio por su revolucionaria técnica conocida como homeopatía. Nada más verme, y ante mi sorpresa, no sacó vendaje, ni alcohol ni botiquín alguno. Simplemente me dio unas perlitas azucaradas muy ricas, que tomé sin rechistar creyendo que me estaba suministrando cianuro para morir sin sufrir demasiado.

-Estas grageas curan por similitud - fanfarroneaba el matasanos con las manos asidas en el chaleco -. Curo las urticarias con veneno y la astenia con dormidera, pero la uso en dosis tan ínfimas que el propio agua debe memorizar lo que aporto. Le he dado una solución infinitesimal de gruyere, que es como le ha dejado las vísceras la perdigonada. Verá como en unos momentos desaparecerá la criba que tiene como abdomen.

Ante la atónita mirada de todos, hasta la del conde tuerto de Le Mans, vimos como los estigmas menguaron y desaparecieron sin dejar cicatriz en mi bella barriga. que lucía un portentoso e inusual lustre. Es más, mi ombligo también se esfumó, tornándoseme un aspecto peculiar y coqueto. Mientras todos aplaudían al vanidoso galeno, mis tripas comenzaron a entonar una melodía que anunciaba tormenta. Un hilo de frío sudor recorría mi sien evidenciando que una descomposición de estómago estaba pegando a las puertas de mi esfínter. Era hora de desaparecer otra vez bajo el matorral.

-Olvidé decirle que las pastillas tenían un doble efecto. Provienen de una fórmula que un despistado farmacéutico me hizo para el estreñimiento, y que dejó en contacto con el queso de su almuerzo, de modo que la gragea recordó tan aromático sabor.

Cuál fue mi sorpresa cuando, tras disponerme para el temporal de tripas, ni aire salió de mis posaderas. Ya sospechaba yo que mi ano se había sellado cuando recordé lo que pasó con mi ombligo, y raudo y veloz fui a poner mis falanges sobre el ya desaparecido agujero. Había sufrido una sobredosis de homeopatía, y mis intestinos se llenaban a razón de dos dedos por minutos. De mis alaridos se alertaron todos, y ni uno sólo de los asistentes dejó de quedarse atónito ante la visión de un culo plano, que de hasta la rabadilla se había despojado, viéndoseme forma de huevo en vez de la habitual amelocotonada.

La situación era tan crítica que el doctor Hahnemman, amarillo de pánico, abrió su maletín en busca de alguna golosina perforadora; mas yo, verde de retortijones, le quité al abanderado del visir la insignia y con la punta de la lanza perforé aproximadamente donde antes se ubicaba mi esfínter. De la escatológica purga evitaré detalles, pero sí he de comentar que, como no hice el agujero en el centro exacto, tengo el punto de mira desviado, para mofa y befa de las bellas damas que en mi alcoba aligero de ropa.

Una vez expirada la tregua, los turcos reanudaron las hostilidades con tal virulencia, que todos temíamos ver la media luna ondeando en Notre Dame. Tan crítica era la situación que el alto consejo militar me llamó a consulta, pues conocían de mis cualidades para la estrategia. Tras dos días de larga meditación frente a los mapas, tuve necesidad de ir al baño. Fue entonces cuando recordé el origen de mis torcidas posaderas y mandé traer con urgencia al doctor Hahnemman. La táctica era envenenar sus pozos con un cargamento de esas mortíferas pastillas. Al caer la noche, y armados con una simple cerbatana, un grupo de voluntarios desde los árboles próximos depositaron con facilidad las perlitas en sus acuíferos.

A la mañana siguiente ordené una carga con los pocos efectivos disponibles. Al vigía turco, que se había lavado la cara al amanecer, se le taponaron boca y ojos, con lo que no pudo alertar a la tropa que, mientras tanto, luchaba por no reventar como un globo. En unas horas nuestras líneas avanzaron una milla, y el propio Califa tuvo que ordenar retirada. Tal fue el recuerdo que el agua tuvo de estos productos que durante un mes entero hubieron los aldeanos de sumergir todo tipo de sustancias y objetos en las fuentes y abrevaderos a fin de que el líquido elemento los olvidara; mas mi hazaña quedó perpetuada con la laureada de oro y diamantes que me fue otorgada.

2002-10-10 12:06 | 1 Comentarios | Imprimir


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Comentarios

1
De: Daurmith Fecha: 2002-10-10 16:23

¡Muy bueno esto! ¡Muy bueno! Creo que voy a gozar muchísimo a partir de ahora.



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