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Capítulo IX: reacción en cadena

Quien sigue mis andanzas conoce la naturaleza salvaje de la joya de mis posesiones: mi lituano. Este corcel, ágil, veloz y fiel como ninguno me acompaña allá donde voy sacándome de innumerables aprietos. Hablando de apreturas, me viene a la cabeza una anécdota de hace unos años. Recuerdo que era época de celo y el equino se escapó de mis tierras porque, también hay que decirlo, tiene la gallardía y masculinidad de quien lo monta. Pero el muy gañán sólo tiene ojos para su amada, una preciosa yegua parda de su país de origen por la que es capaz de recorrer miles de yardas sin pestañear.

En una de sus fugas se las ingenió para cocear con tal ansiedad la cuadra que prácticamente la desarmó, dejando libre toda mi valiosísima caballeriza. Así que me vi forzado a seguir sus huellas montado en un jamelgo tan esmirriado que ni el mismísimo quijote hubiera podido lucirlo. Su ayuda sólo me duró un par de pueblos, y desde el improvisado nicho que tuve que procurarle decidí hacer el camino caminando, haciendo gala de mis estupendas extremidades. Estuve tanto tiempo sobre las botas que perdí el rumbo y me pasé de mi destino. Pasaban diecisiete lunas sin ver a nadie ni comer más que heladas raíces cuando me recogieron unos hospitalarios leñadores de la siberiana localidad de Tugunska.

El hambre que traía era aún más desmesurada que el cansancio, y en un santiamén acabé un plato de delicioso potaje de alubias que habían cocinado por cada uno de los días que había estado perdido por los bosques. Y con la panza como un bombo me dispuse a dormir plácidamente en unos cajones de paja que había improvisado a modo de cama. No pasaron ni tres horas cuando todo aquel engrudo empezó a fermentar de modo que, antes que mi esfínter lo apercibiera, salió de mí toda una explosión de humos fecales que me hizo despegar violentamente alcanzando en unos segundos la más débil de las capas de la atmósfera. Era tal la velocidad que estaba adquiriendo que tuve que asirme a uno de los anillos de Saturno para frenar. Cuando me detuve, bajé suavemente con mi capa como paracaídas.

Al entrar en contacto con la atmósfera pude darme cuenta del desolador paisaje: la cabaña había desaparecido, y en su lugar – y en el lugar de todo un bosque - quedaba un enorme surco, como si un gigantesco pedrusco hubiera caído aniquilándolo todo. A ambas laderas del socavón la vida había quedado aniquilada por la peste generada por el tremendo pedo. El tufo se quedó impregnado durante tanto tiempo que los guerreros eslavos recolectaron durante años las hojas de los árboles para fabricar balas de “aromaterapia inversa”, una disciplina oscura y prohibida que, al contrario de curar por olores como lo hace la “aromaterapia tradicional”, provoca a quien lo inhala terribles enfermedades.

Antes que mi situación fuera localizable desde abajo, y aprovechando el desconcierto que mis intestinos habían provocado, puse rumbo a casa, planeando como un águila, con la suerte de poder divisar a mi lituano montando a su amada unas horas después. Yo no soy hombre de intromisiones, pero dada la situación preferí caer sobre los lomos del animal y esperar a que finalizara tan romántico ritual – por cierto, mi semental es como yo y no se va del lecho hasta que la dama suplique entre gimoteos de placer que finalice el cortejo -. Al llegar a casa, mi mayordomo me tenía preparado un suculento caldo de... alubias, al que tuve que decir que no plantándole el plato a modo de sombrero sin que el desdichado se percatara del motivo de mi enfado. ¡Ya tenía bastantes destrozos en la cuadra como para provocar toda una reacción en cadena!

2003-07-29 03:48 | 0 Comentarios | Imprimir


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